domingo, 10 de julio de 2016

JORGE VALDANO EL PODER DEL TALENTO.


Jorge Valdano.



Por Jorge Valdano
 Todos tenemos defectos, pero es una mala idea empezar el análisis del talento por aquello que le falta. Al revés, en todo líder debe haber un pedagogo capaz de lograr que su discípulo se sienta único y, para eso, es necesario enamorarse de una virtud. La regla sirve también para la educación de nuestros hijos. Todos nacemos con cierta predisposición para una actividad y, cuanto antes la descubramos, encontraremos nuestra voca­ción y los estímulos eficaces para desarrollarla.

 Espontáneos y forzados
Pero me gustaría aclarar que no todo depende de la naturaleza. Claro que hay talentos espontáneos que resuelven los problemas con total naturalidad. Pero si esta regla fuera la única relevante, sólo habrían jugado al fútbol Di Stéfano, Pelé, Cruyff, Maradona, Zidane, los Ronaldos (el gordo y el flaco), Messi y fenómenos de esa categoría, a los que la madre naturaleza dotó de una gran ventaja inicial.

Sin embargo, existe también un talento forzado por la sencilla razón de que la necesidad hace a la virtud. Eso lo entendí hace mucho tiempo leyendo unas decla­raciones de Elías Figueroa, un inolvidable defensor chileno que jugó a caballo entre las décadas de 1960 y 1970, de una gran ele­gancia y riqueza técnica.
Cuando fue traspasado al fútbol uru­guayo, se vio obligado a cambiar algunos hábitos. La ecuación es tan simple como la relataba el propio Figueroa: “En Uru­guay se tiran muchos más centros que en Chile. Era una cuestión de supervivencia. O aprendía a cabecear o me quedaba en el camino”.

Para muchos, Figueroa es el mejor jugador de la historia de Chile; pero segu­ramente no habría alcanzado ese honor si no hubiera tenido que adaptarse a nuevos desafíos que le permitieron enriquecer su patrón de juego.

De modo que hay salvación para aque­llos con los que la cuna no fue tan gene­rosa. En esos casos, las carencias hay que convertirlas en un desafío para la voluntad. Porque lo cierto es que tengo una mala noticia, incluso para quienes nacieron con una gran ventaja inicial: no se inventó nada que sustituya al esfuerzo en los procesos de aprendizaje y mejora continua del talento. Vale para el fútbol. Vale para todo. Creer en el talento significa saber apreciar lo diferente.

Si se parte del respeto al talento, no habrá buenos y malos, sino gente que sirva para hacer bien una cosa y gente que sirva para hacer bien otra cosa. Sobre la valoración que hace el mercado de los distintos tipos de talentos hay poco que decir, porque esta reflexión solo aspira a salvar la diferencia.
El desprecio hacia el talento es fácil de verificar. A los que se distinguen se los sue­le despreciar como si ser distinto fuera un valor subversivo. Una pena, porque aspirar a equipos clónicos es un error definitivo. Tom Peters exagera cuando dice que “en todo departamento de contabilidad hace falta un músico”, pero es preferible pasarse que quedarse corto cuando se trata de escapar de la mediocridad.

Muchas empresas de estos días llevan un camino parecido. Cada vez son más frecuentes los casos de genios tecnológi­cos, por ejemplo, con serias dificultades de integración. En ocasiones son auténticos inadaptados sociales. Y las empresas, en lugar de poner las condiciones para que las dotes singulares del genio se sientan cómodas, los terminan discriminando por su incapacidad para tomar un café con sus compañeros. A nadie, en su sano juicio, se le ocurriría expulsar de un equipo a Mara­dona porque, entre partido y partido, tiene problemas de convivencia.

De ser así, los inadaptados serían los demás integrantes del equipo. En el mundo del fútbol, un atropello de ese tipo no lo permitirían los aficionados, pero en las empresas convencionales, el “distinto” se juega muy frecuentemente su trabajo por cuestiones que son más sociales que profesionales.

Decía Francisco Umbral que “el talento, en buena medida, es una cuestión de insistencia”, y no hay manera de desmen­tirlo. Pero existen las excepciones: a los jugadores de buen pie y mucha fantasía, como a los empleados creativos, como a los poetas, no les podemos exigir que sean su­blimes siempre. Tampoco que su conducta resulte previsible, porque el genio suele ser un cuerpo extraño para lo bueno y para lo malo. En tal caso, la solución no pasa por extirparlos del equipo como si se tratara de un tumor. Bastará con hacerle comprender, al genio, cuál es el papel que lo convierte en esencial; y al equipo, de qué manera nos podemos adaptar a sus excentricidades.

El tamaño no importa.
También en este punto el fútbol ejempli­fica lo que ocurre en otras actividades. Aquellos que son responsables de los procesos de captación de talento suelen cometer el error de seleccionar en función de lo medible: la talla. Un jugador grande antes que un jugador bueno.

Menos mal que hay mentes precla­ras que no siguieron semejante consejo porque, de lo contrario, nos hubiéramos privado de Xavi, Iniesta, Silva y otros “divinos enanos” que en la Selección Española llevan más de cuatro años bailando a equipos con un aspecto atlético muy aparente. Ellos nos demostraron, sin ningún género de dudas, que el talento no se mide con una cinta métrica.

 La prueba del error sistemático
Los equipos alevines, infantiles, cadetes o juveniles se forman por años naturales: los nacidos entre enero y diciembre de un mismo año. Si usted se toma el trabajo de analizar la formación de estas plantillas en cualquier club profesional, descubrirá que la cantidad de niños que nacieron en enero es notablemente superior a la cantidad de niños nacidos en diciembre. ¿Porque son mejores? No. Porque los de enero han crecido más y, por tanto, son más grandes que los de diciembre.

Cuando estos niños llegan a adultos, equilibran la diferencia física y, desde ese momento, entran en juego aspectos que no son medibles. Pero ya es tarde. Porque durante varios años los grandes ocuparon el lugar de los buenos y en el fútbol, como en tantas cosas, se evolucio­na compitiendo.

Así que ya saben, si ustedes tienen como proyecto hacer un hijo futbolista, empiecen por poner todas las condiciones para que nazca en el primer trimestre del año. De lo contrario, el pobre tendrá mu­chas menos posibilidades de alcanzar sus sueños. Me refiero, por supuesto, al sueño de sus padres. Esa injusticia inicial en los procesos de selección tiene el enorme defecto de atentar contra el único imperio que debiera contar: el del mérito. Si por algo admiro La Masia (la escuela de fútbol del Barça), es porque aquí sólo miden a los jugadores por el tamaño de su talento.

Malcolm Gladwell, en su libro Fueras de serie (Outliers) (Punto de lectura, 2011), explica la razón por la cual unas personas tienen éxito y otras no. Después de compro­bar que, en Canadá, en el hockey sobre hielo existe la misma aberración que en Europa con el fútbol, lleva la importancia de la pri­mera oportunidad mucho más allá. El éxito resulta de lo que a los sociólogos les gusta llamar “ventaja acumulativa”. El jugador de hockey profesional comienza un po­quito mejor que sus pares. Y esa poquita diferencia le conduce a una oportunidad que de verdad marca la diferencia; y, a su vez, ello conduce a otra oportunidad, que agranda más aún la que al principio era una diferencia tan pequeña, y así hasta que nuestro jugador de hockey se convierte en un fuera de serie. Pero él no empezó como fuera de serie. Simplemen­te empezó un “poquito mejor”.

El medio adecuado
El talento individual, con independencia del nivel de la empresa del que hablemos, es siempre un asunto relevante. Pero para transformarse en una fuerza positiva, requiere un adecuado marco institucional.
Un equipo es mucho más que el lugar de exhibición de un gran talento. Pero conviene poner las condiciones para que aquellos que son diferentes también sean eficaces. Hay empresas con entornos muy densos que lo impiden y otras con medios más fluidos que lo facilitan.

En el primer caso, el talento se de­bilita por el efecto nocivo de ambientes  burocráticos, rutinarios e inoperantes que generan desconfianza hacia cualquier tipo de iniciativa. En los ambientes fluidos, el talento puede expresar todo su potencial porque es la organización la que pone las condiciones para que no se pierda energía en lo secundario, en perjuicio de lo funda­mental. Sin esa conexión con el medio no hay talento que sobreviva.

Condiciones para sobrevivir
El talento necesita de algunas condi­ciones para expresarse del mejor modo. Se ha repetido hasta la saciedad que las personas son el gran capital de cualquier empresa. Todos los líderes lo dicen. Pero fue Jim Collins quien nos enseñó a preci­sar esta idea, al decir que “las personas no son el activo más importante de una orga­nización; las personas adecuadas (con los valores, actitudes, culturas y habilidades adecuadas) son el activo más importante de una organización”.
Pero sigue siendo conveniente que encuentren las condiciones para que su talento exprese todo su potencial.

 Ideas clave
El talento que nos distingue es el único capaz de encontrar eso que llamamos vocación. Y es vital. ¿Cuánta gente conocemos que es infeliz laboralmente porque hace aquello que no le gusta, que no siente, para lo que no nació? Encontrar la tarea que mejor se adapte a nuestra naturaleza debiera ser el primer desafío de una buena educación.

Un equipo competitivo no es un reba­ño. Todo lo contrario, cuanto más diferen­tes sean sus miembros, más rica será la suma de conocimiento y de sensibilidades que nos lleven al éxito. Por eso siempre recomiendo que se busque gente con una virtud sobresaliente, antes que gente sin defectos cuando pretendemos iniciar un proyecto empresarial.

Para que lo diferente se sienta cómodo, es necesario que disfrute de un ambiente fluido en el que la singularidad se consi­dere un mérito y no una molestia.

El talento necesita condiciones: de un lugar, de exigencia, del grado justo de libertad, de motivaciones…
Pero ninguna condición es tan impor­tante como la confianza. Sólo quien dis­fruta de confianza puede llevar su talento hasta el límite de sus posibilidades. Y a veces un poco más allá.


Redacción online de la edición mexicana de Forbes, la revista de negocios más influyente del mundo. Un equipo de periodistas que buscan historias en el mundo empresarial.

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